Isabella entró sola en la consulta de su médico el martes
por la mañana. Tras darle muchas vueltas al asunto, había decidido que lo mejor
sería informarse tanto como fuera posible antes de darle la noticia a Edward.
En particular, quería saber si el niño estaba sano. Asumiendo que fuera así, se
lo contaría a Edward al salir del trabajo. Se lo contaría todo.
Ya iba siendo hora. Isabella apenas podía contenerse.
Informó al recepcionista de su llegada y se sentó a
esperar. Había más personas esperando, entre ellas dos mujeres muy embarazadas.
Una oleada de emoción recorrió a Isabella: en pocos meses, ella estaría igual.
Un hombre estaba sentado junto a una de las embarazadas, susurrándole algo al
oído que la estaba haciendo reír. El hombre apoyó la mano en el vientre de ella
mientras hablaba.
Y aquel hombre... sería Edward. Edward, que hacía tanto
tiempo que no tenía una familia. Santo cielo, Isabella esperaba que se alegrara
de formar una nueva. Aunque tuviera miedo (¡mierda!, no sería el único), ella
guardaba la esperanza de que la alegría pesara más. Porque, al fin y al cabo,
aquello terminaría en una personita que formaría parte de los dos. Y aquello, a
Isabella, le parecía increíble.
La puerta de la sala de espera se abrió.
—¿Isabella Swan? —preguntó una enfermera que vestía una
casaca médica rosa.
Isabella siguió a la mujer hasta la consulta, y el corazón
le latía con más fuerza a cada momento. Estaba a punto de ver a su hijo por
primera vez.