SIETE
Allí, a la luz de la luna, penumbra con rocío, sin preguntar ni por qué ni para qué, rondaría cual fantasma y se quedaría fijo como una estaca...
Walter de la Mare
El último reflejo de un sol agonizante cubrió el mar dejándolo como una pileta roja iridiscente hasta sumergirse detrás del horizonte, que se introdujo en la noche y se posó sobre el paisaje completamente negro retinto. Sin embargo, Edward aún podía distinguir la inminente silueta de las rocas macizas bordeando el muelle, y los dedos azules de la niebla que se enroscaban alrededor de los picos dentados de los acantilados que se abrían paso hacia Morwenstow.
Abajo, a la distancia, las construcciones rurales blanqueadas y las casitas de la villa sobresalían como faros. Allí se vivía otro tipo de vida, que poco tenía que ver con la del hombre que alguna vez había estado destinado a presidir la mansión (antes de que sus hábitos en busca de placer lo volvieran ajeno al mundo que alguna vez había conocido).





